Friday, September 11, 2009


...Mi cabeza ha dejado de sentirse hostigada por las voces y las caras de la gente. Estoy bien. Trato de ganarme la vida en una oficina. Sólo quedan los cuatro o cinco a los que a veces veo juntos bajo un árbol en el sendero central de una avenida cerca de mi casa. Van vestidos con abrigos de colores sobrios. Van o vienen de una boda, o de un funeral. Cuchichean entre ellos sobre mi. Ya me di cuenta. No duermen por esperarme, se les nota el desaliño. Basta que no los voltee a ver para que no me molesten. No me gusta mi cabeza con ellos ni tampoco perder la cabeza. Comienza con un mareo, un vértigo, el mundo se invierte. Se pervierte. Nadie te oye. Ni tu mismo. Nadie. Afuera todo se mueve rápido. Muy rápido. Demasiado.

Sergio González Rodríguez, El hombre sin cabeza
pic jean philippe charbonnier